Ordena escuchar. El dedo se eleva con una lentitud medida y detiene el aire justo frente al rostro. El mar, al fondo, continúa sin enterarse, desplegando una calma que parece anterior a cualquier palabra. Los hombros descubiertos reciben la última luz del día, tibia aún, ya en retirada. El vestido, de una materia firme y brillante, se ajusta al cuerpo como una decisión tomada con anticipación: no cede, no se distrae, sostiene. La piel percibe el contraste entre la quietud del gesto y el movimiento lejano del agua, entre la tensión del material y la amplitud del horizonte.

El silencio se vuelve una superficie más. No pesa, pero se siente. El vestido conserva el calor del cuerpo y lo devuelve en una presión constante, cerrada, que afirma la postura sobre la roca. El color recoge el tono del cielo y lo oscurece apenas, como si anunciara la noche antes de que llegue. Nada ocurre todavía. Todo se contiene. El gesto permanece un instante más de lo necesario, y en ese exceso mínimo se instala la expectativa. El mundo parece comprenderlo y bajar la voz. No porque se le pida, sino porque es el momento adecuado.
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