… como si hubiera estado allí desde antes de cualquier recuerdo. La luz del atardecer no cae: se posa. El aire avanza con una lentitud casi cuidadosa y roza la piel descubierta de los hombros, no como una caricia, sino como una confirmación. La tela descansa más abajo, obediente a una gravedad mínima, y deja que el cuerpo mida la temperatura del mundo sin intermediarios. El horizonte no promete nada; simplemente insiste. El rumor del agua no compite con el pensamiento, lo acompaña. En esa pausa, el cuerpo reconoce su contorno: espalda, cuello, la línea exacta donde la prenda termina y comienza el aire. Nada reclama ser entendido. Todo está allí, suficiente.

No piensa en llegar ni en volver. Permanece. El peso del día se disuelve en capas: el sonido lejano, el reflejo móvil, la respiración que encuentra su ritmo. La luz cambia imperceptiblemente y con ella cambia también la sensación del hombro expuesto, ahora más fresco, más presente. El mar devuelve destellos que no buscan ser mirados, solo existir. El tiempo no avanza: se expande. En esa expansión, la memoria no aparece como imagen ni como relato, sino como una certeza corporal, tranquila, sin nombre. Estar allí es todo. Y eso basta.

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