En un claro de la foresta prohibida…

La luz no proviene del bosque ni del cielo, sino de algo que se sostiene entre las manos. Es un verde líquido, vivo, que respira y se desborda con una paciencia antigua. Ilumina la piel desde abajo y convierte los hombros descubiertos en un umbral: allí la sombra termina y comienza otra forma de ver. La tela oscura cae con peso y suavidad a la vez, recogida en pliegues que guardan el calor del cuerpo. El aire del bosque es húmedo, denso, cargado de hojas y de agua quieta. El murmullo del arroyo no acompaña: observa. Incluso el ciervo, detenido a cierta distancia, parece formar parte de la misma espera.

El agua que cae del cuenco no busca el cauce; se derrama como si aún no conociera la gravedad. Al tocar la corriente, la luz se fragmenta y desaparece. La piel registra ese tránsito: frescor en las piernas, tibieza en los hombros, una tensión suave en la tela que se mantiene en su sitio sin necesidad de ajuste. No hay gesto ceremonial, solo atención. El bosque no exige nada a cambio. La noche se sostiene en equilibrio, como si dependiera de ese resplandor breve para seguir siendo noche. En ese punto exacto —luz contenida, tela pesada, hombros al aire— el mundo no avanza ni retrocede. Permanece. Y eso basta.

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