Espumas de mar II

La luz del sol se retira con una lentitud deliberada, como si midiera cada segundo antes de desaparecer. El cielo se vuelve más bajo, más cercano, y el mar recoge ese cambio en tonos suaves que se deslizan sobre la espuma. Los hombros descubiertos reciben un último resto de calor, ya debilitado, casi una memoria térmica. La blusa, floja y brillante, atrapa los colores del crepúsculo y los devuelve apagados, como si ya supiera lo que viene después. El aire cambia imperceptiblemente; no es aún frío, pero deja de ser del día. El sonido de las olas se vuelve más profundo, más continuo, menos descriptivo.

Sentada sobre la piedra, el cuerpo reconoce ese momento exacto en que nada ha ocurrido todavía, pero todo está a punto de hacerlo. El pantalón de vinil conserva el calor acumulado y lo sostiene contra la piel, creando un contraste con la exposición de los hombros al aire que se enfría. La noche no ha llegado, pero ya se anuncia en los bordes: en el color del cielo, en la insistencia del mar, en la manera en que el tiempo parece ensancharse. No hay prisa. Hay una espera clara, tranquila. Como si el mundo respirara hondo antes de cambiar.

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