Hacedor – Parte I

Nunca pensó que esos instantes fueran a reclamarle nada. Ocurrían y se extinguían. La almohada larga en una cama alta absorbía el peso de la cabeza y devolvía un calor indeciso, como si dudara entre quedarse o disiparse. La tela conservaba una aspereza mínima, perceptible solo al mover el rostro. Un suéter, elegido sin cálculo, se desplazaba con el uso y dejaba al descubierto un hombro; el aire tocaba la piel con una frialdad breve, suficiente para fijar la tarde.

La lisura de una mesa contrastaba con el borde gastado de un cuaderno. Dos calculadoras idénticas, pesadas, compartían el espacio; al tomarlas, el frío del plástico pasaba a la palma y se demoraba más de lo esperado. Una pantalla encendida irradiaba un calor leve que no iluminaba nada. El respaldo de una silla presionaba un punto preciso de la espalda, siempre el mismo.

Había gestos aprendidos por repetición: ajustar una manga, recolocar la tela sobre el hombro, dejarla caer otra vez sin decisión. El vaso con agua olvidado alcanzaba una temperatura tibia, ni fresca ni desagradable. El teclado ofrecía resistencias desiguales; una tecla exigía más fuerza y esa diferencia bastaba para hacerse notar.

En un pasillo estrecho, la baranda metálica estaba más fría de lo previsto. El contacto obligaba a soltarla. Un bolso cargado tensaba el cuello; el peso se distribuía mal y dejaba una molestia persistente. Al final del día, al quitarse la ropa, la piel conservaba marcas leves: elástico, costura, borde.

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