Hacedor – Parte II

No recordó primero las imágenes, sino los ruidos. El día se abría con el zumbido regular del elevador, una vibración que se sentía antes de escucharse del todo. Las puertas se cerraban con un golpe amortiguado, siempre igual. En el pasillo, los pasos ajenos tenían ritmos distintos; algunos se apresuraban, otros arrastraban una leve indecisión.

Una voz grabada anunciaba números sin énfasis. En una oficina demasiado abierta, las conversaciones formaban un fondo continuo. Una risa breve, inesperada, giraba una cabeza y el movimiento hacía deslizar una prenda; el roce casi inaudible de la tela al caer dejaba un hombro al descubierto, marcado solo por ese sonido mínimo.

Había frases que llegaban incompletas: un nombre propio dicho a medias, una instrucción que no estaba destinada a él. El tecleo irregular imponía un tempo ajeno. Una notificación emitía un tono breve y se extinguía antes de ser reconocida. El aire acondicionado producía un murmullo constante, más físico que audible.

En el transporte, una discusión distante se confundía con el traqueteo metálico. Alguien ajustaba una mochila; el chasquido de una hebilla resonaba más de lo necesario. Un hilo suelto, al moverse, producía un sonido casi imperceptible sobre la piel expuesta del hombro, suficiente para ser notado solo por quien lo llevaba.

Leave a comment