No miraba las cosas de frente. La atención se detenía en los bordes. El semáforo en rojo se reflejaba en un vidrio sucio, duplicado e impreciso. En la fachada descascarada de un edificio, un número de teléfono resistía sin destinatario. Una bolsa atrapada en la rama de un árbol repetía un movimiento mecánico, visible solo si se insistía.
En una sala de espera, las personas se alineaban sin orden aparente. Un hombro quedaba al descubierto bajo una luz blanca, no por decisión sino por descuido; aparecía y desaparecía al inclinarse el cuerpo, como un dato que no exigía interpretación. El reflejo devolvía una imagen incompleta, suficiente para reconocerla y olvidarla al mismo tiempo.

Las pantallas imponían su brillo. Un cursor parpadeaba en el margen inferior, reclamando una acción que no llegaba. Afuera, los autos pasaban como líneas de color. En un edificio cercano, una sola ventana permanecía encendida durante el día.
En el transporte, los anuncios se sucedían sin pausa. Un rostro se superponía con otro en el cristal y, por un instante, no era posible distinguir cuál pertenecía a quién. Una sombra cruzaba un anuncio luminoso y lo interrumpía. El hombro descubierto reaparecía en ese cruce, fragmentado por el reflejo, reducido a un plano de luz.

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