No fue el pensamiento lo que anunció el cansancio, sino el cuerpo. Llegaba sin aviso, acomodándose en los músculos como una costumbre. Al sentarse mal, el peso recaía siempre del mismo lado. Un hombro quedaba expuesto bajo la tela desplazada, no por descuido sino por agotamiento; la piel sentía el aire como una presión ligera, constante.
El cuello acumulaba una rigidez conocida. Al levantar los brazos, algo tiraba con una resistencia mínima. El gesto de recolocar la prenda era automático y casi siempre inútil. El cuerpo recordaba la posición anterior y volvía a ella. Una silla demasiado baja obligaba a encorvarse; el respaldo presionaba un punto exacto.

Los trayectos se hacían sin conciencia de las piernas. Los escalones se subían por inercia. Al cargar una bolsa, el peso se desplazaba y dejaba una molestia persistente en el hombro al aire, como una advertencia tardía. El pulso se aceleraba apenas al final del esfuerzo.
Al detenerse, el cuerpo seguía avanzando un instante. La respiración tardaba en acomodarse. Una prenda húmeda por el calor se pegaba a la piel y luego se separaba. Un dolor breve, al girar, confirmaba una distracción anterior.

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