No fue una imagen lo que regresó primero, sino un olor. El detergente en una prenda recién lavada imponía una limpieza excesiva. Al ponerse la camisa, la tela dejaba un hombro al descubierto y el aire alteraba el aroma: la mezcla de jabón y piel cambiaba de inmediato.
En la cocina, el olor del pan abierto llenaba el espacio antes que cualquier ruido. Una jarra de vidrio conservaba un rastro dulce en el fondo. El café, demasiado fuerte, se adhería a las manos y persistía aun después de lavarlas. El hombro expuesto retenía el calor y con él una nota leve, reconocible solo al moverse.

Había lugares que se recordaban por eso: un pasillo con cloro, una habitación cerrada demasiado tiempo, el interior de un transporte al final del día. Al inclinarse para tomar algo del suelo, la prenda volvía a correrse y el hombro quedaba al aire; el cambio de temperatura modificaba el olor propio, lo hacía más cercano.
Un armario guardaba capas superpuestas de perfumes antiguos. Una chamarra usada pocas veces conservaba un rastro ajeno. El aire nocturno entraba por una ventana abierta y borraba lentamente todo. El cuerpo seguía oliéndose a sí mismo durante un rato, como si necesitara confirmarse.

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