La luz no golpea: atraviesa

Se filtra por la tela translúcida y se dispersa en capas suaves, como si el cuerpo aprendiera a ver desde la piel. Los hombros, descubiertos, reciben primero ese brillo frío, casi clínico, que no calienta pero define. La prenda flota más de lo que cae; se tensa en algunos pliegues, se libera en otros, obedeciendo a corrientes mínimas. El aire parece dibujar líneas invisibles alrededor del torso, y esas líneas quedan registradas en la superficie del tejido, que responde con un temblor leve. El rostro cubierto borra la expresión y deja que el mundo se ordene por contacto y reflejo.

Más abajo, la ropa se vuelve firme, opaca, exacta. El contraste fija el equilibrio: arriba, luz y aire; abajo, peso y contención. La tela transparente conserva un rumor constante, como si guardara el movimiento incluso cuando el cuerpo se detiene. Los hombros sienten el paso del tiempo como una variación de intensidad: más brillo, menos sombra, una transición lenta. No hay gesto que reclamar ni dirección que seguir. El cuerpo permanece en ese punto intermedio —entre lo que deja pasar y lo que retiene— atento a la manera en que el mundo se posa sin quedarse. Y en esa atención, todo parece suficiente.

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