Tenderse a reposar

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Aquí ya no hay escenario ni multitud: solo el descanso después del pulso. El cuerpo se abandona al suelo como si la noche, por fin, hubiese aprendido a sostenerla. El vestido iridiscente recoge restos de luz —azules, lilas, un rumor de plata— y los devuelve en silencio, como un eco que se apaga lentamente.

La sonrisa no es triunfo, es alivio. Los hombros desnudos ya no desafían al mundo: respiran. Los brazos abiertos dicen basta sin palabras, y en ese gesto sencillo hay una victoria más íntima que cualquier aplauso. La música todavía vibra en la memoria del cuerpo, pero ahora late hacia adentro.

Así termina la jornada: no con un cierre, sino con una pausa. El instante se vuelve blando, casi líquido. Ella mira al techo invisible del cielo urbano y entiende que también esto —el cansancio, la risa, el brillo que se queda en la piel— forma parte del espectáculo. Aquí, en el suelo, la noche la aplaude en voz baja.

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