Aquí, los pantalones de cuero funcionan como una interrupción. El gimnasio propone un lenguaje claro —elasticidad, transpiración, repetición— y el cuero llega desde otro mundo, cerrado, brillante, sin poros. No absorbe el esfuerzo ni acompaña el movimiento: resiste. Por eso desentona. No pertenece al régimen onírico del ejercicio, donde el cuerpo se disuelve en ritmo y respiración; introduce, en cambio, una conciencia externa, casi urbana, que no busca confundirse con el entorno.

Ese desajuste es el verdadero comentario. El cuero trae consigo la calle, la noche, la imagen detenida, y al hacerlo rompe la ilusión del espacio funcional. No hay sueño aquí: hay presencia. Mientras el resto del escenario invita a la ligereza y al olvido del cuerpo, los pantalones lo afirman, lo delimitan, lo devuelven a la superficie. No es un error de vestuario; es una fricción de universos. Y en esa fricción, lo onírico se suspende, dejando lugar a algo más literal, más consciente, menos dispuesto a desaparecer.

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