La orilla despierta sin prisa, y ella entra en ese primer aliento del día como si ya lo conociera. El agua avanza y retrocede en un ritmo suave, rozando la arena con una constancia casi silenciosa.
Su vestido recoge los tonos del mar y los multiplica en formas fluidas, como si llevara consigo un fragmento de ese mismo movimiento. Nada en él es rígido: todo parece hecho para seguir el vaivén, para responder a la brisa, para mantenerse ligero.

Hay una claridad en su expresión que no necesita explicación. Sonríe como quien no espera nada más que la continuidad de ese instante limpio, donde el día apenas comienza y todo permanece abierto.
El horizonte se extiende sin interrupciones, y en esa amplitud, ella no se pierde: se integra, como si su presencia fuera otra variación natural de la mañana.


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