La arena se extiende en una franja clara que parece no terminar, y el mar, detrás, sostiene un azul limpio que respira con calma. Todo queda abierto, sin bordes duros, como si el día se hubiera instalado ahí sin intención de irse.

Sentada sobre la superficie lisa, con las piernas recogidas, ella ocupa el espacio con una naturalidad sin esfuerzo. La postura no busca forma; simplemente se da.
El vestido, lleno de colores vivos y formas en movimiento, deja los hombros al descubierto y recoge la luz del entorno en cada pliegue. Frente al horizonte tranquilo, esos tonos introducen una alegría inmediata, casi lúdica.
La sonrisa se abre sin reservas, directa, luminosa, en sintonía con el aire salado y la claridad del cielo. Nada queda retenido: todo circula, como el vaivén constante de las olas.


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