La lluvia cae con paciencia detrás del cristal, dibujando un mundo difuso que parece quedarse afuera. Dentro, todo es calma contenida. Ella se sienta sin prisa, como si entendiera que hay momentos que no se viven, se sostienen. Los hombros descubiertos reciben la luz tenue del interior, creando un contraste suave con el frío que asoma tras la ventana.

No hay necesidad de palabras ni de movimiento. El espacio respira en silencios largos, en telas que descansan, en miradas que no buscan nada más que permanecer. Afuera, el bosque se disuelve en la lluvia; adentro, ella se convierte en el centro tranquilo de todo. Y en ese equilibrio, entre lo que cae y lo que permanece, el instante adquiere una densidad serena, como si el tiempo, por un momento, hubiera decidido quedarse.

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