Nos encontramos en la pausa, en ese instante donde el mundo baja la voz para no interrumpirnos. Hay una suavidad que nos envuelve, como si el tiempo hubiera decidido quedarse a observarnos sin prisa, sin exigencias.

Tus manos, reunidas con delicadeza, parecen guardar un secreto que apenas nos atrevemos a descifrar. Nos acercamos en silencio, reconociendo en ese gesto algo profundamente humano: la necesidad de reposar, de confiar, de simplemente ser sin defensa.
La luz resbala sobre la tela como un susurro, y nosotros seguimos ese hilo, dejándonos llevar hacia una cercanía que no necesita explicarse. Hay una ternura que no pide permiso, que se instala entre nosotros con la naturalidad de lo inevitable.
Y en ese espacio compartido, tan frágil como verdadero, comprendemos que no se trata de mirar, sino de permanecer.

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