La orilla donde el tiempo se detiene

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Hay días en que el mundo parece retirarse unos pasos para dejarnos a solas contigo. El agua pierde su movimiento, el horizonte se vuelve una línea apenas insinuada entre la niebla y el cielo, y todo cuanto suele reclamar nuestra atención se desvanece hasta convertirse en un murmullo distante. En ese silencio suspendido te encontramos sentada junto a la orilla, recogida sobre ti misma con una serenidad que no necesita explicación. No pareces esperar nada ni dirigirte a ninguna parte. Simplemente estás. Y esa sencilla presencia basta para transformar el paisaje entero.

Te observamos con la misma delicadeza con que se contempla una lámpara encendida en una habitación oscura. La mirada inclinada hacia tus manos, la suavidad de tu expresión y la quietud de tu postura nos hablan de una belleza que no busca ser vista. Hay en ti algo de recuerdo y algo de refugio, como si pertenecieras a un tiempo más lento que el nuestro. Mientras el lago permanece inmóvil bajo la luz gris del día, sentimos que también nosotros quedamos suspendidos contigo en ese instante. No queremos interrumpirlo. Preferimos permanecer aquí, compartiendo tu silencio, dejando que la melancolía serena de esta escena nos recuerde que existen momentos cuya única tarea es existir despacio.

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