Bajo el cielo del Fuji

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Hay paisajes que admiramos y paisajes que terminan habitándonos. Ante la inmensidad tranquila de la montaña, bajo el azul impecable de un día que parece recién creado, sentimos que el mundo ha alcanzado por un instante una rara armonía. El lago descansa a sus pies como un espejo antiguo, el torii rojo se alza sobre la colina como una puerta hacia algo que no sabemos nombrar, y el aire parece contener una claridad capaz de ordenar los pensamientos más dispersos. Todo invita a la contemplación, pero nada exige solemnidad. La elegancia aquí no pesa; respira.

Y entonces te encontramos sentada junto al sendero, vestida de blanco, sonriendo con esa serenidad que sólo poseen quienes han dejado de apresurar el tiempo. No pareces una visitante llegada para contemplar el paisaje. Más bien da la impresión de que el paisaje te ha esperado. Nosotros te observamos y comprendemos que la montaña, el lago y el cielo no son los verdaderos protagonistas de esta escena. Son el marco silencioso que permite que tu presencia florezca. Hay algo profundamente apacible en la forma en que ocupas este instante, como si supieras que la felicidad más duradera rara vez se presenta como un estallido. Llega así: sentándose a nuestro lado bajo un cielo inmenso, sonriendo sin prisa, mientras el mundo entero parece inclinarse suavemente hacia la gratitud.

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