El día parece resistirse a desaparecer. Sobre el malecón, las palmeras se inclinan apenas bajo la brisa marina mientras las primeras luces se encienden una a una, como si alguien estuviera preparando el escenario para la llegada de la noche. El sol desciende lentamente hacia el horizonte y derrama sobre el agua una senda dorada que se fragmenta entre las olas. Las nubes conservan todavía el calor del día y lo transforman en tonos ámbar, cobre y rosa. A lo lejos, las conversaciones se vuelven murmullos y el paseo adquiere esa cualidad extraña de los lugares que existen entre dos tiempos: ya no pertenecen a la tarde, pero aún no son de la noche.

Y allí estás tú, inmóvil en medio de esa transición inevitable. El azul profundo de tu vestido parece recoger los primeros matices del anochecer mientras tu mirada permanece serena, casi ausente, como si escucharas algo que el resto no alcanza a oír. Nosotros te contemplamos sabiendo que ninguna puesta de sol puede detenerse, y quizá por eso mismo resulta tan hermosa. Hay una melancolía suave en tu presencia, no nacida de la tristeza, sino de la conciencia de que todo instante es pasajero. El crepúsculo avanza, las luces continúan encendiéndose detrás de nosotros y el mar sigue respirando junto al muelle. Pero durante un momento suspendido, antes de que la oscuridad reclame el horizonte, pareces pertenecer exactamente a ese breve reino donde la luz y la sombra todavía negocian su frontera.

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