La noche ha cubierto el sendero con una oscuridad amable. Entre los arbustos en flor, los faroles levantan pequeñas islas de luz que apenas alcanzan para dibujar el camino, mientras las flores conservan un fulgor rosado que parece resistirse al sueño. El aire tiene la calma de los lugares escondidos, de esos rincones donde el mundo exterior pierde importancia y solo queda el rumor leve de las hojas movidas por el viento. Nada parece urgente. El jardín guarda silencio, como si hubiera esperado pacientemente la llegada de alguien capaz de comprenderlo.

Y entonces apareces tú, caminando hacia nosotros con una serenidad que vuelve innecesarias las palabras. El vestido de tonos suaves se confunde con la luz tenue de los faroles, y tu mirada lleva esa mezcla extraña de cercanía y misterio que poseen las personas que no necesitan apresurar el instante. Nosotros permanecemos quietos, dejando que la noche haga su trabajo y que el sendero continúe desplegándose detrás de ti. Pensamos que hay encuentros que no transforman el mundo, pero sí la manera de mirarlo. Después de una jornada llena de voces, de prisa y de distracciones, basta verte avanzar entre las flores para recordar que todavía existen lugares donde el tiempo camina despacio y donde la belleza, discreta y silenciosa, encuentra la forma de salir a nuestro encuentro.

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