El atardecer avanza sobre el océano con la serenidad de los ciclos antiguos. El sol se aproxima al horizonte y deja sobre las olas un camino de fuego que el agua deshace y reconstruye a cada instante. El viento recorre la costa, levanta la espuma y juega con las nubes que todavía conservan un borde dorado. El pequeño muelle se adentra en el mar como una última palabra pronunciada antes del silencio. Todo parece moverse: la luz, las corrientes, el cielo. Solo el horizonte permanece inmóvil, recordándonos que hay distancias que no fueron hechas para alcanzarse, sino para ser contempladas.

Y nosotros permanecemos detrás de ti, compartiendo esa mirada dirigida hacia el final del día. No necesitamos conocer tus pensamientos para sentir que este instante también nos pertenece. El viento lleva tu cabello hacia el mar, como si quisiera unirte a ese paisaje que lentamente se oscurece, y la luz del crepúsculo dibuja sobre tus hombros una delicadeza imposible de retener. Hay despedidas que duelen y otras que simplemente enseñan a mirar con más atención. Esta parece una de ellas. Nosotros dejamos que el mar haga su trabajo, que las olas borren las huellas de la orilla y que la noche reclame el cielo. Pero guardamos la certeza de que algunas presencias desafían incluso al tiempo: el agua puede llevarse la espuma, el sol puede hundirse en el horizonte, y aun así queda algo que no desaparece, algo que sigue brillando silenciosamente en la memoria.

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