El mar tiene una forma particular de recibir el verano. No lo anuncia con estridencias, sino con una luz más limpia, con el azul que se vuelve transparente sobre las rocas y con esa calma que solo conocen las costas cuando el día parece dispuesto a durar un poco más. Junio no es todavía la plenitud de la estación; es su promesa. Todo conserva la frescura de lo que apenas comienza, como si el horizonte estuviera esperando una historia que todavía no ha sido contada.

Y nosotros elegimos creer que has venido a escuchar ese comienzo. El color sereno de tu blusa parece haber tomado prestado un matiz del agua, y tu sonrisa tiene la misma discreción con la que llegan las primeras tardes cálidas. No intentas dominar el paisaje; conversas con él. Sentada sobre la piedra, entre el rumor constante de las olas, nos recuerdas que la felicidad suele adoptar formas sencillas: una brisa que desordena el cabello, el reflejo del sol sobre el mar y la certeza de que existen lugares donde el tiempo deja de exigirnos prisa. Entonces comprendemos que el océano de junio no está solo frente a nosotros. También habita en esa manera tranquila de mirar el mundo, como si cada instante mereciera ser vivido con la gratitud de quien sabe que nada hermoso permanece para siempre.

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