Avenida hacia el crepúsculo

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Hay atardeceres que no pertenecen del todo al día ni a la noche. La avenida desciende entre palmeras hacia el mar, las últimas luces se encienden con una timidez casi doméstica y el horizonte conserva una franja de fuego que el océano todavía no se decide a apagar. Todo parece dispuesto para el tránsito: una carretera que invita a partir, un cielo que cambia de color a cada minuto y el rumor distante de las olas, como si el mundo entero estuviera conteniendo la respiración antes de seguir adelante.

Y nosotros nos detenemos contigo en mitad de ese instante improbable. Te has agachado sobre el asfalto como quien quiere guardar en la memoria el lugar exacto donde una tarde dejó de existir. No hay solemnidad en tu gesto, sino una cercanía inesperada con el paisaje, una manera de habitar el crepúsculo sin convertirlo en espectáculo. Nos gusta pensar que no estás esperando nada, que simplemente has decidido concederle unos segundos más a la luz antes de que desaparezca. Entonces comprendemos que algunos caminos no se recuerdan por el sitio al que conducen, sino por la persona que eligió quedarse en ellos cuando todos los demás tenían prisa por llegar.

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