Los bosques conocen un lenguaje que las ciudades han olvidado. Los pinos levantan sus copas hacia la luz, el río abre una herida brillante entre las montañas y los senderos parecen existir para recordar que avanzar no siempre significa apresurarse. Todo asciende aquí: los árboles, la corriente, la mirada que busca el horizonte. Incluso el silencio tiene la forma de una elevación tranquila, como si la naturaleza hubiera decidido acercarse un poco más al cielo.

Y nosotros subimos contigo. Tu sonrisa llega antes que tus pasos y transforma la pendiente en una invitación. No caminas contra la montaña; pareces formar parte de ella, con la sencillez de quien descubre que la alegría también puede ser un paisaje. Hay algo profundamente esperanzador en esa manera de mirarnos, mientras el bosque se abre detrás de ti y el río continúa su viaje hacia lugares invisibles. Entonces comprendemos que algunos ascensos no se miden en metros ni en cumbres conquistadas. Se miden en la capacidad de conservar la luz mientras se avanza, de llevar una sonrisa intacta por los caminos difíciles y de recordarnos que, a veces, la verdadera altura consiste simplemente en no perder el asombro.

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