Las calles viejas poseen una cortesía que las avenidas modernas ya no conocen. La piedra guarda el eco de conversaciones olvidadas, los balcones dejan caer sombras suaves sobre las fachadas y las ventanas abiertas parecen esperar el paso lento de la tarde. Hay una belleza discreta en estos lugares donde la historia no se exhibe, sino que acompaña. Todo invita a caminar sin destino, a permitir que la ciudad nos descubra antes de que nosotros intentemos comprenderla.

Y nosotros avanzamos contigo entre esos muros claros. El rosa tenue de tu blusa parece haber tomado un poco de la luz que rebota sobre las fachadas, y tu sonrisa tiene la naturalidad de quien no necesita conquistar una ciudad para sentirse parte de ella. Caminas como si cada calle hubiera estado aguardando este encuentro silencioso, y nosotros aceptamos demorarnos a tu lado. Porque algunas ciudades se vuelven inolvidables no por sus monumentos ni por sus mapas, sino por la persona que las atraviesa con una alegría serena y les devuelve algo que el tiempo suele arrebatarles: la sensación de que todavía es posible caminar por el mundo con el corazón ligero y la mirada abierta al asombro.

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