Hay miradas que no buscan el horizonte para encontrar algo, sino para recordar algo que ya sabían. Nosotros te observamos en ese instante suspendido, cuando el día aún conserva el calor de la tarde y las montañas, allá al fondo, parecen retirarse lentamente hacia un reino de sombras azules. Tu vestido rojo recoge el último fulgor de la luz como una brasa tranquila, una llama serena que no desafía al paisaje, sino que conversa con él.

No nos miras. Y quizá por eso sentimos que asistimos a una confidencia silenciosa. Hay una gravedad suave en la forma en que sostienes tus propios brazos, como si custodiaras un pensamiento demasiado delicado para pronunciarlo. El viento apenas roza tu cabello oscuro; los olivos, los maceteros blancos y las cumbres lejanas permanecen inmóviles, respetando la ceremonia discreta de tu contemplación.
Nos parece entonces que toda la escena habla de distancia: la de las montañas, la de las horas que ya han pasado, la de los sueños que todavía no tienen nombre. Pero también de permanencia. Porque mientras la luz cambia y el mundo continúa girando, hay algo en tu expresión que permanece intacto, una serenidad antigua que no pertenece a ningún lugar concreto y, precisamente por eso, pertenece a todos.
Y nosotros, desde este lado del instante, sólo podemos acompañarte en silencio, como quien contempla el último resplandor sobre una cordillera y comprende que algunas bellezas no fueron hechas para poseerse, sino para ser recordadas.

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