Hay ciudades que despiertan poco a poco, como si temieran romper el delicado hechizo de la madrugada. Las fachadas aún conservan el sueño de la noche, las calles empedradas guardan el eco de pasos que ya no están, y el cielo, suspendido entre el azul y el oro, parece deliberar si entregarse por completo al día. Nosotros caminamos contigo por ese instante intermedio, esa frontera donde el mundo todavía no ha decidido quién será.
No levantas la mirada. La llevas hacia dentro. Y es precisamente esa introspección la que transforma la escena. Mientras las luces de las ventanas se apagan una a una y las sombras retroceden por los muros color terracota, tú pareces escuchar algo que el resto de nosotros apenas intuimos: la respiración silenciosa de las cosas cuando nacen de nuevo.

Llamamos milagros a los acontecimientos extraordinarios porque olvidamos los otros. Olvidamos que cada amanecer es una improbable victoria de la luz sobre la oscuridad, que cada calle vacía volverá a llenarse de historias, que cada día ofrece una oportunidad para recomenzar sin anunciarlo. Tú avanzas en medio de esa revelación cotidiana con una serenidad que vuelve visible lo invisible.
Y nosotros comprendemos entonces que los milagros rara vez llegan envueltos en estruendo. A veces adoptan la forma de una mujer caminando sola por una ciudad que despierta, mientras el primer resplandor del día convierte la piedra, los árboles y los edificios en algo ligeramente distinto de lo que eran unos minutos antes.
Quizá por eso permanecemos contemplando la escena. Porque en la quietud de esa calle, bajo la luz naciente, sentimos que el mundo nos recuerda una verdad antigua: que la belleza no siempre consiste en transformar la realidad, sino en descubrir que la realidad, por un breve instante, ya era extraordinaria.

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