Hay lluvias que no interrumpen el día. Lo transforman. Las calles se vuelven espejos inciertos, los edificios adquieren una melancolía de acuarela y las luces, reflejadas sobre el asfalto húmedo, parecen recordar historias que la claridad del mediodía prefiere olvidar. Nosotros permanecemos junto a la puerta giratoria observando cómo el agua cae sobre la ciudad, convencidos de que toda gran urbe posee un rostro secreto que sólo se revela en los días grises.
Y entonces apareces tú.

No corres para escapar de la lluvia. No pareces impaciente por alcanzar un destino. Hay en tu sonrisa una familiaridad serena con el instante, como si supieras que algunas de las mejores horas de la vida ocurren precisamente cuando los planes se retrasan y el cielo decide imponer su propio ritmo. El tono cálido de tu blusa introduce una nota de otoño en medio del acero, el cristal y los reflejos urbanos. Es un color que parece haber sido tomado de una hoja tardía o de una llama tranquila.
Nos gusta imaginar que acabas de regresar de alguna conversación memorable o que estás a punto de comenzar una. La puerta gira lentamente detrás de ti, símbolo perfecto de los ciclos que gobiernan nuestras vidas: entrar y salir, llegar y partir, despedirse y reencontrarse. Todo gira. Todo cambia. Y, sin embargo, hay momentos que consiguen permanecer.
Quizá por eso nos detenemos aquí. Porque mientras la lluvia continúa dibujando caminos efímeros sobre los ventanales, descubrimos una paradoja antigua: que la felicidad no siempre se encuentra bajo cielos despejados. A veces habita precisamente en estos umbrales, entre el refugio y la intemperie, entre la ciudad y el agua, entre lo que dejamos atrás y aquello que todavía no conocemos.
Y nosotros, contemplándote en medio de esa tarde lluviosa, sentimos que el mundo se vuelve momentáneamente más amable, como si la lluvia hubiese venido no para oscurecer la jornada, sino para darle profundidad.

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