El escenario vacío

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Hay teatros que parecen más verdaderos cuando están vacíos. Sin aplausos, sin murmullos, sin el movimiento inquieto de quienes esperan el comienzo de una función. Sólo quedan la madera iluminada, las cortinas inmóviles y ese silencio particular que habita los lugares destinados a las palabras. Nosotros observamos la escena y sentimos que el recinto entero contiene una expectativa serena, como si el espacio mismo estuviera aguardando algo que aún no ha sucedido.

Y allí estás tú, elevada sobre una silla demasiado alta para ser cotidiana, convertida casi en una figura suspendida entre el escenario y la platea. No ocupas el centro por imposición, sino por una especie de gravitación natural. La sonrisa dirigida hacia algún punto fuera de nuestro alcance sugiere una conversación invisible, un recuerdo amable o quizá una promesa que todavía no ha terminado de formularse.

Nos gusta pensar que todos habitamos un escenario semejante. Pasamos buena parte de la vida ensayando respuestas, imaginando futuros, revisando escenas antiguas y preparando discursos que nunca llegaremos a pronunciar. Sin embargo, hay momentos excepcionales en los que dejamos de representar un papel y simplemente somos. Tu expresión parece pertenecer a uno de esos momentos. No hay artificio, no hay dramatismo. Sólo la tranquila alegría de existir dentro del instante.

Las luces caen desde arriba con una suavidad casi ceremonial. Dibujan un pequeño círculo de claridad en medio de la penumbra y transforman el espacio en algo más íntimo. Las butacas oscuras observan desde lejos como testigos silenciosos. El teatro entero parece haber reducido su escala para acomodarse a la sencillez de tu presencia.

Y nosotros comprendemos entonces que no todas las funciones necesitan público, ni todos los escenarios necesitan una obra. A veces basta una persona sentada en silencio bajo la luz adecuada para que el lugar revele su verdadero propósito. No entretener. No impresionar. Sino recordarnos que la belleza suele aparecer cuando nadie la está buscando.

Quizá por eso permanecemos aquí un momento más, contemplando el escenario vacío y la sonrisa que lo ilumina. Porque en esa quietud reconocemos algo que rara vez encontramos en medio del ruido: la sensación de que el tiempo, por una vez, ha decidido quedarse sentado a escucharnos.

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