Bajo un manto estelar

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Hay noches que no sólo cubren el mundo. También te envuelven a ti. Bajo ese inmenso río de estrellas, el cielo deja de ser un paisaje lejano para convertirse en una presencia íntima, como si el universo hubiera descendido unos instantes para recordarte que toda belleza verdadera nace del silencio.

Caminas entre muros de piedra iluminados por una luz discreta. El corredor parece conducir menos hacia un destino que hacia una forma distinta de mirar. Sobre ti, la Vía Láctea despliega una escritura antiquísima. Debajo, tu vestido floral habla de aquello que florece apenas por una estación. Entre ambos extremos habitas tú: efímera como una flor, inmensa como la capacidad humana de contemplar el infinito.

Hay en tu postura una serenidad que conmueve. No buscas conquistar la noche; permites que sea ella quien te abrace. Esa leve sonrisa parece guardar un pensamiento que nunca llegará a convertirse en palabras, porque algunas emociones sólo encuentran su lenguaje en el silencio.

Quizá por eso esta imagen despierta una dulce melancolía. Las estrellas que hoy iluminan tu rostro comenzaron su viaje mucho antes de que existieras, y seguirán brillando cuando ya no estés aquí. Sin embargo, durante este instante irrepetible, el universo y tu mirada coinciden. Y esa coincidencia basta para justificar el asombro.

Tal vez la felicidad consista precisamente en eso: en aceptar la fugacidad sin dejar de maravillarte. Permanecer unos segundos bajo un manto estelar y sentir, con una mezcla de nostalgia y gratitud, que la inmensidad también sabe pronunciar tu nombre en silencio.

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